Todo el mundo es fotógrafo

 

Vivimos en el mundo de la imagen. Siempre en el punto de mira, somos tanto vouyeur como exhibicionista. Nos hemos acostumbrado tanto a las cámaras de seguridad que ya ni siquiera nos sentimos observados, hemos pasado de ofendernos a sentirnos halagados si alguien nos echa una foto por la calle (la intimidad no importa, la hemos perdido y no queremos recuperarla), todos tenemos cámaras y todos somos tanto fotógrafos como modelos.

Una sociedad narcisista y confundida va in crescendo y la culpa la tiene la accesibilidad y la falta del buen gusto. Antes, un fotógrafo era un privilegiado; no todo el mundo podía permitirse el material para hacer fotos y se necesitaba tanto técnica como conocimiento. Ahora todos podemos tener una cámara y sólo necesitamos saber dónde está el botón de disparo... el modo automático hará el resto. Ya no importa tanto si la foto es buena o no, prevalece lo que nos cuenta y desgraciadamente muchas veces lo más importante es el autor. Nos da igual si en una fotografía se ve más de la mitad del palo-selfie mientras que la chica que aparece en ella sea bonita, si Miley Cyrus saca una foto de su desayuno recibirá millones de likes e ignoraremos la cuenta de ese fotógrafo desconocido (y a veces no tanto) que nos ofrece las mejores imágenes.

 

El talento ya no importa, hace tiempo que dejó de importar. Pero no sólo eso, nos hemos olvidado completamente de la originalidad. En un mundo saturado de imágenes e información, el imaginario colectivo se va volviendo más y más amplio hasta tal punto en el que ya no existe la idea propia. Todo es un refrito de lo ya hecho anteriormente y lo peor es que lo sabemos, pero seguimos admirando esas fotografías como si fueran únicas. No son originales las puestas de Sol, no son originales las fotografías de nuestro perro, ni los mil millones de Ofelias que se encuentran por Flickr. ¿Cuántas fotografías exactamente iguales a la nuestra podríamos encontrar? Probablemente más de las que imaginamos, y nos toca aceptarlo.

 

La idea propia ha muerto y no sólo por el hecho de que esté todo inventado. La sobrecarga de información y el apropiacionismo son, en gran parte, los asesinos de la creatividad.

 

¿Qué hay que hacer hoy en día para crear algo nuevo? Ahora la innovación reside en lo ofensivo, en lo desagradable y lo absurdo. Por que lo demás, ya lo hemos tocado. Ésta es la cultura del nuevo arte contemporáneo en la que empezamos a admirar el defecto, en la que el glitch pasa de ser un error a una técnica, las veladuras son nuestros mejores filtros y tanto nos da si están bien utilizadas o no, le van a dar ese toque vintage y expresivo que sólo un genio sabría mostrar. Nos gusta lo incorrecto por que nos convierte en un público selecto. Podemos pasar a formar parte de la élite si admiramos aquello que la masa no entiende por el simple hecho de poder decir “a ti no te gusta por que no tienes ni puta idea, no por que sea malo”.