El estilo propio y el artista repetitivo

No. No sabemos qué es exactamente tener "estilo propio", o al menos no lo tenemos muy claro. 

Hace algún tiempo, un profesor de pintura me comentó sobre su trabajo: "Yo siempre pinto fábricas. Nada más. Así la gente sabe que los cuadros son míos". No voy a entrar a valorar el trabajo de cada uno, o sus preferencias en cuanto al contenido de sus obras... pero considero un error decidir repetir una imagen una y otra vez creyendo que eso define nuestro estilo

No os confundáis, uno puede ser exclusivamente retratista y conseguir que no todos sus retratos sean iguales. Difícil, pero posible... ya que el retrato, a pesar de lo que la gente cree, no es fotografiar personas, sino representar a un personaje centrándonos en su expresión más que en una situación. Pero con toda seguridad puedo decir que los retratos de Velázquez no son todos iguales. O si preferís un ejemplo fotográfico: Annie Leibovitz, Cindy Sherman, Sally Mann... 

Meryl Streep / Kate Moss - Annie Leibovitz

Tener estilo no significa hacer siempre la misma obra una y otra vez. Significa que, a pesar de hacer una obra distinta, el público es capaz de reconocer nuestro trabajo. De hecho, representar siempre la misma escena o tratar una misma temática con un mismo contenido, facilita muchísimo la imitación. 

Por ejemplo: todos reconocemos un Mark Rothko. Vemos un cuadro con un degradado cromático y sabemos que esa obra es suya. No por cómo está hecho, sino por lo que se representa. Por otro lado, debido a la falta de estilo técnico, fingir un Rothko es muy sencillo; si no somos unos expertos no sabremos distinguir un artista que imita al original de éste. No sabremos distinguir una prueba de color hecha por un pintor cualquiera, que el "Naranja y amarillo" de Mark Rothko

Debo decir que, sin embargo, les resulta más sencillo a los pintores tratar siempre los mismos temas que a un fotógrafo. Ellos juegan con ventaja, pues cuentan con el trazo que, al igual que una caligrafía, les otorga cierta identidad. 

Orange and Yellow / Untitled (red, orange) Mark Rothko

Es precisamente por eso que somos los fotógrafos los que más sufrimos la falta de estilo propio. Ya no vale hacer primeros planos de rostros una y otra vez. Nos damos cuenta de que hace falta más, pero nos preocupa que, al cambiar ese plano, el tipo de modelo o el entorno, perdamos nuestra esencia. 

Veréis, no beneficia en nada a un artista el ser monótono. No hay nada peor en este mundo que digan de tu trabajo "me aburre... vista una obra, vistas todas". Jamás, queridos. Renovarse o morir

Por eso, precisamente, veo tan importante pensar como un pintor. Sí. Les admiro. Les admiro muchísimo. Y es que la esencia, el aura, es algo que se palpa mucho mejor cuando es la propia mano la que se encarga de transmitirla. 
 

Detalle  de "Las Meninas" de Diego Velázquez donde se puede apreciar el trazo en el vestido de la infanta Margarita. 

Detalle  de "Las Meninas" de Diego Velázquez donde se puede apreciar el trazo en el vestido de la infanta Margarita. 

Nos toca currárnoslo. Nos toca decidir nuestra paleta, tener presente un tipo de colores, una forma de tratarlos, un límite concreto de saturación, conocer nuestro contraste, tener preferencias compositivas, ciertas características que refuercen nuestro estilo, unos temas y un aura que nos sean propios. Hay que conseguir ese trazo por otros medios. 

Complicado, ¿verdad? Admito que es todo un reto... pero seamos sinceros: un artista que no es innovador no es un artista permanente, sino transitorio

Todo el mundo es fotógrafo

 

Vivimos en el mundo de la imagen. Siempre en el punto de mira, somos tanto vouyeur como exhibicionista. Nos hemos acostumbrado tanto a las cámaras de seguridad que ya ni siquiera nos sentimos observados, hemos pasado de ofendernos a sentirnos halagados si alguien nos echa una foto por la calle (la intimidad no importa, la hemos perdido y no queremos recuperarla), todos tenemos cámaras y todos somos tanto fotógrafos como modelos.

Una sociedad narcisista y confundida va in crescendo y la culpa la tiene la accesibilidad y la falta del buen gusto. Antes, un fotógrafo era un privilegiado; no todo el mundo podía permitirse el material para hacer fotos y se necesitaba tanto técnica como conocimiento. Ahora todos podemos tener una cámara y sólo necesitamos saber dónde está el botón de disparo... el modo automático hará el resto. Ya no importa tanto si la foto es buena o no, prevalece lo que nos cuenta y desgraciadamente muchas veces lo más importante es el autor. Nos da igual si en una fotografía se ve más de la mitad del palo-selfie mientras que la chica que aparece en ella sea bonita, si Miley Cyrus saca una foto de su desayuno recibirá millones de likes e ignoraremos la cuenta de ese fotógrafo desconocido (y a veces no tanto) que nos ofrece las mejores imágenes.

 

El talento ya no importa, hace tiempo que dejó de importar. Pero no sólo eso, nos hemos olvidado completamente de la originalidad. En un mundo saturado de imágenes e información, el imaginario colectivo se va volviendo más y más amplio hasta tal punto en el que ya no existe la idea propia. Todo es un refrito de lo ya hecho anteriormente y lo peor es que lo sabemos, pero seguimos admirando esas fotografías como si fueran únicas. No son originales las puestas de Sol, no son originales las fotografías de nuestro perro, ni los mil millones de Ofelias que se encuentran por Flickr. ¿Cuántas fotografías exactamente iguales a la nuestra podríamos encontrar? Probablemente más de las que imaginamos, y nos toca aceptarlo.

 

La idea propia ha muerto y no sólo por el hecho de que esté todo inventado. La sobrecarga de información y el apropiacionismo son, en gran parte, los asesinos de la creatividad.

 

¿Qué hay que hacer hoy en día para crear algo nuevo? Ahora la innovación reside en lo ofensivo, en lo desagradable y lo absurdo. Por que lo demás, ya lo hemos tocado. Ésta es la cultura del nuevo arte contemporáneo en la que empezamos a admirar el defecto, en la que el glitch pasa de ser un error a una técnica, las veladuras son nuestros mejores filtros y tanto nos da si están bien utilizadas o no, le van a dar ese toque vintage y expresivo que sólo un genio sabría mostrar. Nos gusta lo incorrecto por que nos convierte en un público selecto. Podemos pasar a formar parte de la élite si admiramos aquello que la masa no entiende por el simple hecho de poder decir “a ti no te gusta por que no tienes ni puta idea, no por que sea malo”.